Antiguamente había un faro en la punta izquierda de los arrecifes de la ensenada de Praia do Forte. El mar lo derribó, y con él devoró los cocoteros que le rodeaban y el campo de fútbol donde los ancianos jugaban a la pelota en su infancia. En un rincón de aquella tierra perdida, hoy arrecifes, hay una maravillosa piscina, El Acuario, y en la playa las ruinas de un segundo faro son testigos del batir de olas, en la marea alta, contra el muro levantado para proteger el tercero, que ora se yergue dentro del área del proyecto Tamar. A lo largo del tiempo la Capilla de San Francisco, protector de tortugas y ballenas, que no de faros, viene asistiendo como las criaturas del mar migran, fantástica procesión, por su vera. San Francisco, de espaldas al viento de Levante, vuelta su puerta y su faz a la aldea, devota y protegida, ve ir, y tornar de la mar, las generaciones de pescadores, con el fruto fresco de su artesanal labor, que allí mismo, bajo su mirada, es pesado y repartido. En esa ensenada los niños aprenden a nadar, las parejas a amar, las mujeres y los viejos, a esperar, mientras el Sol baja, agradable, por nuestras espaldas, y se larga camino del continente, mirando de reojo, curioso, porque la Luna llena se va a destapar de la mar, coqueta e impúdica, detrás del Santo.
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